¿Que hay en el bolso?, por Richard Chispe
El ruidoso tránsito de personas y vehículos de la calle Chimborazo se puede sentir aun en medio de la calma que puedes disfrutar sentado en una de las bancas del Parque de las Iguanas. Tras el monumento de Simón Bolívar, lleno de una nube de palomas revoloteando a su alrededor, al otro lado de la Chimborazo, un grupo de señoras regatean religiosamente el precio de las velas para alzarle una plegaria a su Santo dentro de la Catedral Metropolitana. Una iguana masticando pasto, refleja esa característica calma antes del desastre que está por venir. En su cristalino ojo, se ve reflejado el caos que estalla cuadras más abajo. Inmóvil como la iguana, una gran parte de la ciudad se queda helada ante el miedo de no saber qué está pasando en el centro de Guayaquil.
El grito sorprende a Ramírez que da un pequeño brinco, pero no está
asustada. La determinación de Ponce la ha motivado y, tras una pequeña sonrisa,
deja la carpeta de evidencias en la caja del escritorio y sale tan predispuesta
que olvida cerrar la puerta. Todo lo contrario de Ponce. La fuerza de nuevo
abandona su cuerpo y se deja caer en la silla. El noticiero sigue dando
reportes del incidente, pero aun nada que Ponce pueda usar para el caso. El
detective se pone de pie para alcanzar la carpeta de evidencias, revisa su
interior y solo encuentra más confusión: facturas, documentos, unas viejas
libretas de calificaciones del colegio del sospechoso, un cheque en blanco,
firmado y listo para cobrarse, solo falta escribir una cifra, un reporte de
bomberos que señala al atentado como un accidente y, al final, varias
fotografías de antiguas esculturas de piedra que tiene señalado con marcador
rojo algo semejante a un pequeño bolso en la mano. Sin dar fe de lo que
observa, el detective revisa una y otra vez la carpeta buscando lógica en su
contenido, pero es inútil. Se limita a cerrar la carpeta y tirarla en la caja
de evidencias. Ponce empieza a sudar y a sentirse asfixiado. Se suelta aún más
la corbata que ya colgaba floja de su cuello y se apoya en el escritorio
mirando hacia el piso sintiéndose derrotado. Levanta la mirada en busca
respuestas en las paredes de su oficina, hasta que su mirada choca con otra muy
intimidante. Sobre la puerta de su oficina está la foto de su padre: un
relajado e inmutable oficial de unos 60 años, también detective y creador del
estilo de interrogatorio que usa Ponce: el “Acorralamiento de oficina”. Al encontrarse
con la severa mirada de su padre y oír su voz en la cabeza, Ponce recobra la
cordura, se ajusta la corbata, cierra la ventana de noticias de la laptop y
prepara la grabación de seguridad. Vuelve a tomar la carpeta de evidencias y la
estudia minuciosamente en búsqueda de nuevas pistas.
Luego de varios minutos, Ramírez entra de nuevo al a oficina, esta vez
con el sospechoso. Es un hombre de 50 años, pálido, delgado y sonriente, figura
1.80 m, viste traje gris, aun esposado destaca el pequeño bolso que tiene en su
mano izquierda. Sin perder tiempo Ramírez sienta al sospechoso junto al
detective, le quita las esposas, sale de la oficina y cierra la puerta sin
decir nada.
El interrogatorio empieza, pero cada la acusación
de Ponce es respondida con convenientes explicaciones y la burlona ambigüedad
del sospechoso. Como último recurso, Ponce le reproduce una grabación de
seguridad desde la laptop que coloca al sospechoso en la escena del crimen,
minutos antes de la explosión. El sospechoso se pone nervioso y rápidamente
argumenta:
-
Me va a tener que
disculpar detective, no soy experto en cámaras de vigilancia, pero creo que ese
no soy yo. Para empezar, estaba muy lejos del sitio y mire esa calidad de
video, ni el rostro se distingue. Puede ser cualquiera…
Ponce intenta concentrarse en la declaración del sospechoso, pero el
movimiento de la mano izquierda del sospechoso lo distrae. El ver cómo aprieta
con fuerza el pequeño bolso solo despierta su curiosidad ¿Cómo puede llevar un
objeto consigo si todas sus pertenencias son requisadas en flagrancia? ¿Ramírez
no se percató del bolso? El detective recuerda las fotografías de las
esculturas y sin saber a dónde lo llevaría sus sospechas, pregunta:
-
¿Qué hay en el
bolso?
El sospechoso ha quedado aún más blanco de lo que ya estaba. Intenta
hacerse el tonto y con un extrañado tono pregunta:
-
… ¿Perdone?
De inmediato el
detective replica:
-
En ese bolso, el que
aprieta con fuera su mano izquierda ¿Qué hay dentro?
El sospechoso
acorralado solo se limita a responder:
-
No lo entendería,
detective.
El detective, harto
de excusas reclama:
-
Yo decidiré que
entiendo y que no. Entrégueme el bolso.
Con nerviosismo, el sospechoso estira lentamente la mano izquierda sin
intenciones de soltar el pequeño bolso. Impaciente, Ponce se lo arrancha de la
mano. Con una sonrisa de victoria, el detective coloca el bolso sobre el
teclado de la laptop y, tras un hondo respiro, se arma de valor y lo abre
lentamente. Una fuerte luz sale del pequeño bolso. Ilumina toda la habitación y
deja deslumbrado al detective Ponce, que yace hipnotizado viendo el contenido
en su interior. Su mirada se pierde, mira a todos lados y ningún lado a la vez,
sus pupilas se dilatan y contraen, intenta ver al tiempo que no ve nada.
Tocan la puerta y la oficial Ramírez ingresa con una carpeta llena de
evidencias. El bolso y el sospechoso ya no están en la oficina. En la oficina
solo encuentra a Ponce mirando hipnotizado el monitor de su laptop. Ramírez
simplemente taconea para captar su atención. Ponce despierta desorientado del
trance, pero continúa mirando concentrado el monitor de su laptop.
Desde los pasillos de la policía judicial de Guayaquil, se puede
escuchar a Ramírez dando el informe de evidencia en la oficina del detective
Ponce. Pero también los pasos de una misteriosa figura que alardea de su escape
y del botín que obtuvo al ganar este juego del gato y el ratón con el detective
Ponce. El sospechoso terrorista sonríe mientras pasa velozmente las hojas de la
carpeta de evidencias. No puede evitar regodearse de su hazaña. Escapa impune,
sin culpa ni memoria. El premiado, que debía ser castigado, abandona las
oficinas de la justicia develando con sus palabras una sucia, pero muy popular
sabiduría:
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