¿Que hay en el bolso?, por Richard Chispe

El ruidoso tránsito de personas y vehículos de la calle Chimborazo se puede sentir aun en medio de la calma que puedes disfrutar sentado en una de las bancas del Parque de las Iguanas. Tras el monumento de Simón Bolívar, lleno de una nube de palomas revoloteando a su alrededor, al otro lado de la Chimborazo, un grupo de señoras regatean religiosamente el precio de las velas para alzarle una plegaria a su Santo dentro de la Catedral Metropolitana. Una iguana masticando pasto, refleja esa característica calma antes del desastre que está por venir. En su cristalino ojo, se ve reflejado el caos que estalla cuadras más abajo. Inmóvil como la iguana, una gran parte de la ciudad se queda helada ante el miedo de no saber qué está pasando en el centro de Guayaquil.

 Ha sido un atentado y 24 horas después los terroristas han puesto de cabeza las oficinas de la policía judicial de Guayaquil. Una de ellas destaca en particular por su excéntrico desorden: en una de las paredes se ha tejido con hilo rojo una compleja telaraña que conecta fotos, recortes de varios periódicos del día, reportes de bomberos, criminalística y pequeñas hojas de libreta con las declaraciones de varios testigos recabados la tarde y noche del atentado. Uno de los escritorios está lleno de documentos y, sobre ellos, una gran caja de evidencias. Tras esa pesada caja, la pantalla de una laptop de la que se oye un noticiero dando un reportaje del atentado. Sentado tras el monitor, está el detective Ponce, un robusto caucásico de 42 años y 1.78 de altura. Las horas ininterrumpidas que le ha dedicado al caso le pasan factura en su rostro de cansancio. Se encuentra casi hipnotizado frente al monitor intentando descubrir una pista en las grabaciones de seguridad de una tienda de zapatos frente al epicentro de la explosión.

 Entonces tocan la puerta de la oficina de Ponce y, sin esperar respuesta, la oficial Ramírez entra con prisa. Es una joven oficial de 26 años, mestiza, de 1.65 m, de paso firme y seriedad en la mirada. Entra con las manos llenas de evidencias. La oficial se hace notar con un golpe de tacón muy sonoro que despierta a Ponce. El detective la saluda sin mucho esfuerzo, pero la vivaz oficial ni se inmuta. Le informa a Ponce de que tiene una nueva evidencia para el caso y, además, le informa de un extraño sujeto que se ha entregado. El detenido alega ser inocente del atentado. Ponce se toma la frente con una mano e intenta asimilar la noticia de Ramírez. Por un momento, Ponce abre los ojos y mira una silla junto a la suya, vacía e inclinada en su dirección. La confusión se torna en enojo y, tras pararse bruscamente, ordena:

 -          Tráigame aquí al sospechoso ¡De inmediato!

El grito sorprende a Ramírez que da un pequeño brinco, pero no está asustada. La determinación de Ponce la ha motivado y, tras una pequeña sonrisa, deja la carpeta de evidencias en la caja del escritorio y sale tan predispuesta que olvida cerrar la puerta. Todo lo contrario de Ponce. La fuerza de nuevo abandona su cuerpo y se deja caer en la silla. El noticiero sigue dando reportes del incidente, pero aun nada que Ponce pueda usar para el caso. El detective se pone de pie para alcanzar la carpeta de evidencias, revisa su interior y solo encuentra más confusión: facturas, documentos, unas viejas libretas de calificaciones del colegio del sospechoso, un cheque en blanco, firmado y listo para cobrarse, solo falta escribir una cifra, un reporte de bomberos que señala al atentado como un accidente y, al final, varias fotografías de antiguas esculturas de piedra que tiene señalado con marcador rojo algo semejante a un pequeño bolso en la mano. Sin dar fe de lo que observa, el detective revisa una y otra vez la carpeta buscando lógica en su contenido, pero es inútil. Se limita a cerrar la carpeta y tirarla en la caja de evidencias. Ponce empieza a sudar y a sentirse asfixiado. Se suelta aún más la corbata que ya colgaba floja de su cuello y se apoya en el escritorio mirando hacia el piso sintiéndose derrotado. Levanta la mirada en busca respuestas en las paredes de su oficina, hasta que su mirada choca con otra muy intimidante. Sobre la puerta de su oficina está la foto de su padre: un relajado e inmutable oficial de unos 60 años, también detective y creador del estilo de interrogatorio que usa Ponce: el “Acorralamiento de oficina”. Al encontrarse con la severa mirada de su padre y oír su voz en la cabeza, Ponce recobra la cordura, se ajusta la corbata, cierra la ventana de noticias de la laptop y prepara la grabación de seguridad. Vuelve a tomar la carpeta de evidencias y la estudia minuciosamente en búsqueda de nuevas pistas.

Luego de varios minutos, Ramírez entra de nuevo al a oficina, esta vez con el sospechoso. Es un hombre de 50 años, pálido, delgado y sonriente, figura 1.80 m, viste traje gris, aun esposado destaca el pequeño bolso que tiene en su mano izquierda. Sin perder tiempo Ramírez sienta al sospechoso junto al detective, le quita las esposas, sale de la oficina y cierra la puerta sin decir nada.

El interrogatorio empieza, pero cada la acusación de Ponce es respondida con convenientes explicaciones y la burlona ambigüedad del sospechoso. Como último recurso, Ponce le reproduce una grabación de seguridad desde la laptop que coloca al sospechoso en la escena del crimen, minutos antes de la explosión. El sospechoso se pone nervioso y rápidamente argumenta:

-          Me va a tener que disculpar detective, no soy experto en cámaras de vigilancia, pero creo que ese no soy yo. Para empezar, estaba muy lejos del sitio y mire esa calidad de video, ni el rostro se distingue. Puede ser cualquiera…

Ponce intenta concentrarse en la declaración del sospechoso, pero el movimiento de la mano izquierda del sospechoso lo distrae. El ver cómo aprieta con fuerza el pequeño bolso solo despierta su curiosidad ¿Cómo puede llevar un objeto consigo si todas sus pertenencias son requisadas en flagrancia? ¿Ramírez no se percató del bolso? El detective recuerda las fotografías de las esculturas y sin saber a dónde lo llevaría sus sospechas, pregunta:

-          ¿Qué hay en el bolso?

El sospechoso ha quedado aún más blanco de lo que ya estaba. Intenta hacerse el tonto y con un extrañado tono pregunta:

-          … ¿Perdone?

De inmediato el detective replica:

-          En ese bolso, el que aprieta con fuera su mano izquierda ¿Qué hay dentro?

El sospechoso acorralado solo se limita a responder:

-          No lo entendería, detective.

El detective, harto de excusas reclama:

-          Yo decidiré que entiendo y que no. Entrégueme el bolso.

Con nerviosismo, el sospechoso estira lentamente la mano izquierda sin intenciones de soltar el pequeño bolso. Impaciente, Ponce se lo arrancha de la mano. Con una sonrisa de victoria, el detective coloca el bolso sobre el teclado de la laptop y, tras un hondo respiro, se arma de valor y lo abre lentamente. Una fuerte luz sale del pequeño bolso. Ilumina toda la habitación y deja deslumbrado al detective Ponce, que yace hipnotizado viendo el contenido en su interior. Su mirada se pierde, mira a todos lados y ningún lado a la vez, sus pupilas se dilatan y contraen, intenta ver al tiempo que no ve nada.

Tocan la puerta y la oficial Ramírez ingresa con una carpeta llena de evidencias. El bolso y el sospechoso ya no están en la oficina. En la oficina solo encuentra a Ponce mirando hipnotizado el monitor de su laptop. Ramírez simplemente taconea para captar su atención. Ponce despierta desorientado del trance, pero continúa mirando concentrado el monitor de su laptop.

Desde los pasillos de la policía judicial de Guayaquil, se puede escuchar a Ramírez dando el informe de evidencia en la oficina del detective Ponce. Pero también los pasos de una misteriosa figura que alardea de su escape y del botín que obtuvo al ganar este juego del gato y el ratón con el detective Ponce. El sospechoso terrorista sonríe mientras pasa velozmente las hojas de la carpeta de evidencias. No puede evitar regodearse de su hazaña. Escapa impune, sin culpa ni memoria. El premiado, que debía ser castigado, abandona las oficinas de la justicia develando con sus palabras una sucia, pero muy popular sabiduría:

La justicia no es ciega detective. Solo elige que no ver.

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