Crimen en Las Peñas, por Daniel Allauca

 

A pocas calles del barrio Las Penas, Fabricio, un detective de veintiocho años, está celebrando una gran fiesta en la comisaría de policía. Baila con la camisa desabrochada por su gran sobrepeso y los pantalones desgastados le llegan hasta por debajo de los tobillos. Luego se acerca a su escritorio, toma unas cervezas y se las reparte a sus colegas, que también cantan, bailan y bromean. Mientras Fabricio cuenta un chiste, suena una llamada en su celular. Es su jefe, el comandante Jones. Este le grita: “¿Por qué nadie coge el teléfono de la centralita ahí?”

 

Los pies del detective empiezan a temblar y sus manos sudan. Corre directamente hacia el baño de la comisaría. Allí abre el grifo y empieza a frotar rápidamente su rostro con agua. Mareado y en voz alta, Fabricio contesta. El comandante Jones nota inmediatamente el estado etílico de Fabricio y le llama la atención: “¡Es usted una vergüenza para el cuerpo de policía!” Luego le cuenta que se ha cometido un asesinato en Las Peñas y le obligada a investigar el caso. Debe encontrar al asesino.

 

Fabricio, toma su traje de tela XL y sale con rapidez por la puerta delantera de la comisaría. Saca las llaves de su coche e intenta hacerle arrancar, pero no logra recordar la clave. Inmediatamente, sale a las calles y empieza a pedir un aventón. Un taxi amarillo se detiene cerca de él. Fabricio ingresa al vehículo y le dicta la dirección de Las Peñas.

 

Al llegar, se da cuenta de que el cuerpo, tapado con una sábana, se encuentra boca arriba y derramando sangre por todo el lugar. Saca unos guantes que tenía guardados, se los ajusta y les pide a los policías que aparten las cintas de señalización para poder ingresar. Se arrodilla y levanta la sábana. Conoce al muerto. Es Roberto, un artista famoso de la ciudad. Con una lupa empieza a inspeccionar el cuerpo. Encuentra una bala, posible causa de muerte, atravesada en sus testículos.

 

Fabricio llama al comisario Jones para contarle la causa de muerte de Roberto. Jones le pide a Fabricio que regrese a la comisaría. Han encontrado a la única persona testigo del homicidio.


Fabricio llega a la sala de interrogación, en la comisaría. Allí está Martha, una señora de noventa años, con canas y unas manos débiles y arrugadas. Fabricio mira una carpeta con información acerca de Martha. Sufre un avanzado Alzheimer. Fabricio empieza interrogarla con un par de preguntas, pero ella no parece recordar toda la información. Martha, cada cinco minutos, le pide a Fabricio su nombre, una y otra vez.

 

Tras horas de interrogatorio, Fabricio entra en desesperación. Martha parece no recordar nada y está cada vez más adormecida. Fabricio se levanta de la silla para ir a beber agua, pero, antes de salir de la sala, Martha se cae y se golpear la cabeza contra el suelo. Fabricio la ayuda a levantarse. Aunque aturdida, el golpe resulta ser providencial. Ahora Martha lo recuerda todo acerca del homicidio. Incluso sabe dónde vive el asesino.

 

Fabricio corre hacia   esa dirección. Golpea la puerta de su casa una y otra vez. Pero nadie contesta. Pega varias patadas a la puerta con su pie hasta hacerla caer. Entra y cuidadosamente investiga el lugar. En una habitación escucha unos sonidos extraños que provienen de un armario. Con sus dos manos, toma la pistola, apunta y pide al asesino que salga: “¡Policía, salga o disparo!” Sale un hombrecito pequeño, delgado, en ropa interior. Le entrega sus manos a Fabricio para que se las espose. “Esto me da un ascenso”, piensa el detective. Pero ese pensamiento se ve interrumpido por un grito que dice: “¿Por qué nadie coge el teléfono de la centralita ahí?”

 

Fabricio entonces se despierta en la comisaria en medio de la fiesta. Todo ha sido un sueño. Se había quedado dormido y uno de sus compañeros le ha despertado. Le pone su teléfono al odio. Al escuchar al comandante Jones, los pies del detective empiezan a temblar y sus manos sudan. El comandante Jones nota inmediatamente su estado etílico y le llama la atención: “¡Es usted una vergüenza para el cuerpo de policía!” Luego le cuenta que se ha cometido un asesinato en Las Peñas y le obligada a investigar el caso. Debe encontrar al asesino.

 

Es una noche fría y oscura en el barrio Las Peñas. Algunos de los callejones de la zona se encuentran divididos por cintas de señalización. Apartan un cuerpo tapado con una sábana. Varios policías vigilan las personas que circulan por el lugar. Fabricio, todavía medio mareado por el alcohol, se acerca al cadáver. Levanta la sábana. Le cuesta enfocar la vista por efecto de la resaca. Abre y cierra varias veces los ojos. Hasta que se convence de que tiene delante el cadáver de Martha, la señora de noventa años en avanzado Alzheimer con la que ha soñado hace una hora. Fabricio tiene un desmayo y cae sobre el cuerpo de la anciana como si estuviese abrazado a ella.

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