El río Guayas se muestra a la ciudad con una
corriente fuerte. Sus aguas turbulentas reflejan ligeramente la luz del
atardecer que se logra filtrar por las nubes. Es un día de invierno y el clima
es engañoso. El sonido del tráfico se escucha suave en el ambiente, algo que es
raro en las calles del centro de Guayaquil. De repente, un trueno suena con
fuerza en medio de la aparente calma sonora. Una tormenta se acerca, pero no se
sabe cuándo llegará.
Cercano al río, en una habitación de hotel, la
luz del atardecer se filtra por la pequeña ventana que da al interior. La
habitación se encuentra casi en completo silencio. Una puerta se abre. Cecilia,
una joven guayaquileña de 25 años, sale del baño cubierta por una toalla. Su
cabello está mojado y profundas ojeras oscuras enmarcan sus ojos. Se escucha su respiración ligeramente
irregular mientras camina descalza hacia la cama. Su mirada cae, embargada por
una tristeza profunda.
Encima de
la cama, la maleta abierta con prendas de ropa colgando de manera desordenada
refleja el estado en el que se encuentra su cabeza. A un lado, encima de un
velador sencillo, hay dos fotos: en una, bastante desgastada, dos niñas
pequeñas ríen divertidas junto a una mujer:la mamá de las niñas. En la otra
foto, sale Cecilia abrazada a su madre (la misma mujer de la otra foto), ambas
muy sonrientes. Esta última no es muy antigua, pero ya no hay rastro en su
rostro de la felicidad que muestra la imagen. Saca un pequeño neceser de la
maleta y lo lleva con ella mientras regresa al baño.
Después de
varios minutos, Cecilia sale del baño maquillada y portando un vestido negro
sencillo. Su mirada luce apagada. Desde la puerta que da al pasillo del hotel,
entra Dolores, también de 25 años, maquillada y vestida de la misma manera que
Cecilia. Tiene una gran sonrisa en el rostro, que no va para nada acorde con la
situación, y una llave en las manos. Con rapidez y sin hacer ruido, cierra la
puerta, colocando el seguro, sin que Cecilia se dé cuenta.
Dolores
mira a Cecilia con alegría y se acuesta en la cama.
-¿Cómo
estás?, pregunta, aun sonriendo.
-Mal. Y tú
no tienes nada por lo que estar tan contenta.
Cecilia no
puede creer su actitud. La rabia se está formando en lo profundo de su alma. Agarra
su llave y cierra la maleta con fuerza, con la mandíbula apretada. Le da una
última mirada resentida antes de dirigirse rápido hacia la puerta. Gira el pomo,
pero no se abre. Cecilia frunce el ceño, extrañada. Mira alrededor, buscando algo.
Entonces, voltea a ver a Dolores, quien sostiene en alto la llave mientras
sonríe inocentemente. Es hora de que se desate el infierno.
-¿Qué
pretendes?
Cecilia
mira a Dolores fijamente. Al principio, parece no comprender lo que sucede, ni
lo que Dolores lleva en sus manos, pero después de un breve instante, se acerca
rápidamente a intentar quitarle la llave. Corren por la habitación. Dolores ríe
como un infante en el campo de juego y Cecilia cada vez se frustra más. Después
de un tiempo, se detienen. Entonces, viene el trato.
-Espera.
Te propongo algo, dice Dolores entre ligeros jadeos.
-¿Ahora
qué quieres?, responde Cecilia con molestia.
-Si logras
adivinar porqué no quiero darte la llave, entonces pensaré en la posibilidad de
dártela.
-¿Cuál es
la trampa?, cuestiona Cecilia con desconfianza.
-Ninguna,
solo tienes que adivinar.
-¿Cuántos
intentos?
-Los que
quieras, contesta Dolores, casi con indiferencia, después de pensarlo por un
momento.
Cecilia la
observa, muy enojada. No confía en ella, pero no tiene muchas opciones.
-Bien,
acepto.
Sentadas
una enfrente de la otra en el suelo de la habitación, se miran fijamente.
Cecilia está enojada y su paciencia es poca. De vez en cuando, se clava las
uñas en las palmas sin darse cuenta. Mientras, Dolores la mira sonriente. No
hay rastro de malicia en su expresión, pero tampoco la hay de remordimiento.
-¿Por qué?,
pregunta con dureza.
-Eso lo
tienes que adivinar tú.
-¿Por
aburrimiento?
-No.
-No sé, susurra,
frustrada, para sí misma. Entonces es el vestido, el maquillaje… Es por cómo me
veo.
-¿Me estás
hablando en serio?
-Así de
ridícula puedes ser.
-No, no es
eso. -responde Dolores, casi ofendida.
Cecilia
cruza los brazos, frustrada. Mira hacia la ventana y pierde la paciencia.
-Ya es
tarde. No tengo tiempo para esto.
Antes de
que Cecilia pueda siguiera intentar levantarse, Dolores habla.
-No vamos
a salir de aquí.
Dolores ha
perdido cualquier rastro de diversión del rostro. En cambio, por un ligero
momento, cruza por su mirada un pequeño atisbo de miedo. Cecilia, por supuesto,
no lo nota.
Pero ahí
está.
-¿Hasta
cuándo? ¿Te das cuenta de lo que haces? Necesito ir al funeral de mi madre y tú
vienes con juegos absurdos. No tengo tiempo para jugar. Quiero ir y estar con
ella, aunque sea para despedirme. No la volveré a ver. ¡Parece que no lo
entiendes!
Cecilia
explota, pero Dolores no parece impresionada y responde con tranquilidad.
-La que no
entiende eres tú. La que no se da cuenta de nada eres tú.
-No se
puede hablar contigo.
Cecilia se
levanta furiosa del suelo y camina hacia el baño. En el camino, agarra una
almohada de la cama, que es lo primero que ve, y la arroja con todas sus
fuerzas a Dolores. Ya es de noche, y otro trueno estalla en la calma de la
ciudad. En la habitación, casi pareciera que la tormenta que se avecina responde
a la desesperación de Cecilia.
Se
encierra en el baño con un portazo. La frustración la está empezando a ahogar.
No sabe qué hacer.
-¡Eres
una imbécil!, grita con rabia a la puerta, golpeándola con todo el coraje que
está acumulando, pero eso no sirve. Si tan solo pudiera descubrirlo… Si pudiera
descifrar tan solo un poco de su caótica cabeza. Hay una razón por la que no la
deja salir. Eso es obvio.
-¡Necesito
salir de aquí! Tan solo unas horas… ¡Maldita sea!
Cuando
ha dejado de golpear la puerta, se recuesta sobre ella y cae lentamente al
suelo. Habla en voz baja, casi como si estuviera hablando para sí misma. Y, de
cierta manera, lo está.
-
Justo hoy tenías que elegir aparecer. Llegaré y todos me preguntarán cómo
estoy. Parecerán preocupados, pero mucho habrán estado hablando… Todo esto es
una mierda.
Afuera
de la habitación no se escucha nada. Cecilia se queda también en silencio un
momento, perdida en sus pensamientos. Se clava las uñas en las palmas, con
fuerza, de manera inconsciente. De repente, la voz de Dolores sobresalta a
Cecilia. La ve justo enfrente suyo, sentada encima del sanitario, con las
piernas recogidas y los brazos alrededor de ellas.
-Pensé
que ya te habías resignado a llevarme contigo.
-Difícilmente.
-Aunque
te encierres, no desapareceré. Estás atrapada.
-¿No
te cansas?, pregunta Cecilia con fastidio, mirando hacia el techo.
-¿No
te cansas tú, pregunta Dolores, esta vez con toda la malicia posible impregnada
en sus palabras.
-¡Deja
de hacer eso!, reclama, pero al mirar hacia donde estaba Dolores, se da cuenta
que ha desaparecido. Idiota, susurra.
Cecilia
suelta aire, exasperada. Se para, abre la llave del lavamanos y se moja la cara
sin importarle el maquillaje. Se mira al espejo y se nota a sí misma con el
ceño fruncido. Al apoyar las palmas en el lavamanos, nota que las palmas le
duelen y, cuando las observa, se da cuenta que están rojas. Otra vez se ha
clavado las uñas por el estrés. Sin darle importancia, se masajea el ceño con
los dedos y entonces una idea se forma en su mente.
-Tú
quieres salir, susurra. Si insistes tanto…
Una
pequeña sonrisa se quiere formar en sus labios, pero antes de que pueda,
Cecilia siente por primera vez lo que ha estado intentando evitar desde hace
días: el miedo. No es algo muy intenso, pero está lo suficientemente presente
para que Cecilia no pueda ignorarlo. Y sabe con certeza que Dolores la ha
escuchado.
-Voy
a salir, asegura en voz baja.
Sin
embargo, esta vez, Cecilia ya no sabe si eso es realmente algo bueno.
La puerta del baño se abre y Cecilia sale. Lentamente, camina
hacia la ventana sin mirar a Dolores ni por un solo instante. Mantiene la vista
fija en el cielo nocturno, iluminado solo por las farolas de las calles
contiguas al hotel. La luna está oculta tras las nubes de tormenta. Caen las
primeras gotas de agua. Dolores, que mira con una intensa seriedad a Cecilia,
se mantiene callada. Cecilia apoya las manos sobre el marco de la ventana
mientras contempla la oscura noche. Su mirada baja sutilmente hacia el suelo y
la presión de sus manos en el marco aumenta.
-Si sigues mirando al suelo, el entierro al
que asistirás no será el de tu madre, advierte Dolores, mirando en la dirección
contraria de donde se encuentra Cecilia. Eso no es lo que quiero.
-Entonces
no sabes qué es lo que quieres.
Dolores se
molesta.
-¿Yo no sé
qué es lo que quiero? ¿Y tú sí?
-Déjame en
paz, Dolores.
-Sabes que
no me puedo ir. No hasta que enfrentes las cosas y ambas sabemos que eso no va
a suceder.
-¿Y qué
pasaría si lo hago?, responde Cecilia en voz baja, sin poder mirar a Dolores.
-No serías
capaz… Tú… ¡No!
Dolores se
acerca a la cama, histérica y empieza a arrojar el contenido de la maleta sin
mirar a dónde. Cuando coge la foto de Cecilia y su madre, Cecilia se abalanza
hacia Dolores.
-¡Ya
basta!
Suena otro trueno y el cielo es iluminado por
un rayo. Cecilia intenta detenerla, pero Dolores es dominada por la cólera y el
miedo.
-¡No te
atrevas a irte!
-¿Y qué si
me voy? ¿Qué vas a hacer?, explota también Cecilia.
-¡Nada!
¡Porque tú no vas hacer nada!
-¡Ya
basta!
-¡Basta tú,
Cecilia! ¡No eres lo suficientemente fuerte para salir!
Dolores se
queda callada por un momento, intentando calmarse. A medida que su respiración
se tranquiliza, las lágrimas empiezan a surcar sus mejillas. La foto ha quedado
en el suelo, con el marco roto. Afuera, la lluvia se intensifica.
-Estamos
solas y tú sigues sin querer afrontarlo, dice Dolores, en voz baja.
-¡Me
tienes harta!
Cecilia
camina rápido hacia la puerta que da al pasillo y empieza a golpearla con
fuerza mientras grita.
-¡Abran la
maldita puerta! ¿Alguien me escucha? Estoy encerrada aquí. ¡Abran la maldita
puerta!
Dolores se sienta sobre la cama y sostiene
fuertemente la llave contra su estómago. Mira a Cecilia con el ceño fruncido y más
lágrimas caen.
-No
podemos irnos, repite Dolores.
La voz de
Dolores no es un susurro, pero tampoco es muy alta. Cecilia la escucha y solo
la mira, sin responder, cansada de la misma frase. Pero esta vez Cecilia puede
ver claramente el miedo de Dolores en su mirada, brillante por las lágrimas que
no paran de salir. Cecilia, como si fuera un reflejo, siente sus ojos empezar a
llenarse de lágrimas.
-¿Qué vas
a hacer después?, cuestiona Dolores nuevamente.
Ahora, las
palabras de Dolores guardan una muda súplica. Se ha acabado el juego.
-No lo sé.
- No
sabemos lo que va a pasar sin ella… El tratamiento recién estaba empezando.
Las
lágrimas empiezan a rodar con fuerza por los ojos de Cecilia, llena de dolor.
Dolores voltea hacia la ventana y se abraza a sí misma con fuerza. Sus ojos se
pierden en la tormenta, que cada vez es más fuerte.
Cecilia no
responde. Su corazón empieza a palpitar con fuerza. Dolores cierra los ojos
como si estuviera tomando fuerzas para lo que viene. Después de un suspiro,
habla, pero ya no parece haber nada más que resignación en ella.
-Ahora que
no está, si te arriesgaras a salir… Te vas a sentir muy sola.
Cecilia
solloza con fuerza. Dolores solo se mantiene observando hacia afuera, donde
otro rayo ha iluminado el cielo y un trueno suena tan fuerte que asustaría a la
misma Cecilia, de no estar ella tan alterada por la realidad a la que le tocará
enfrentarse. Cecilia se recuesta en el suelo, sin ser capaz de sostenerse a sí
misma. Se ha quedado sin nada qué decir y todo el miedo y el dolor que no había
dejado salir por días la embargan con una fuerza que la hace sentir
desfallecer. Se encoge sobre sí misma, como si así pudiera protegerse del
dolor.
Dolores se
recuesta sobre el colchón, mientras escucha los sollozos desperados de Cecilia
con la mirada perdida. No parece triste, pero definitivamente no está contenta.
Minutos
después, Cecilia ya no solloza. Afuera, la lluvia sigue, pero la tormenta
parece haberse calmado un poco. Dolores se incorpora ligeramente, lo suficiente
para que Cecilia pueda verla.
-Deja de
atarte.
Cecilia la
mira con rencor, pero Dolores se recuesta nuevamente. Cecilia aprieta los ojos
con fuerza, como si así pudiera eliminar el miedo y el dolor, y, cuando los
abre nuevamente, observa que, por fin, Dolores ha desaparecido.
-¿Dolores?
Su voz
tiembla. Nadie responde. Se incorpora y ve la habitación vacía. Cerca de ella,
en el piso, está la foto con el marco roto. Lo toma, pero no se detiene. Se
acerca a la cama y observa la llave en el centro de la desordenada cama.
-Deja de
atarte, repite en voz baja.
Cecilia
suspira con fuerza: es un suspiro cargado de cansancio, pena y, muy en el
fondo, cierto alivio. Alivio porque, en alguna parte de su ser, Cecilia siente
que podría llegar a ser libre, por primera vez.
Cecilia
toma la llave y deja la foto encima de la maleta. Recoge el neceser del suelo y
se va al baño con él. La puerta se cierra y la habitación queda en silencio.
Dentro del baño se escucha el agua de la ducha correr, en contraste con la
tormenta, ahora menos intensa, que inunda la ciudad fuera de esa pequeña
habitación de hotel.
Días
después, Cecilia camina junto a su hermana, Alba, por el malecón. Pasean
manteniendo cierta distancia una de la otra, queriendo acercarse, pero sin
saber cómo hacerlo. Es un día un poco soleado, aunque gotas caen de vez en
cuando anunciando que pronto lloverá. El río, a su lado, se muestra tranquilo a
la ciudad.
-Te he
extrañado, dice Alba.
-Lo
siento…
-No, no es
solo culpa tuya. Nunca he sabido cómo acercarme.
-Empecé
terapia poco antes de que mamá muriera.
Ambas se
detienen. Alba mira con sorpresa a Cecilia y, sin pensarlo, la abraza. Y así de
sencillo, parte de la barrera entre ambas se rompe con firmeza.
-¡Oh,
Ceci! No lo sabía…
-Voy a
necesitar apoyo, murmura Cecilia, ligeramente apenada.
-Y me
tienes a mí. Pero…
-Lo sé, no
puede ser como con mamá.
Cecilia
responde con una ligera sonrisa. Alba sonríe y, aun abrazando a Cecilia,
caminan más relajadas. Cecilia mira al río y, en sus ojos, aún está presente el
miedo, pero, sobre todo, hay emoción. Emoción ante la vida.
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