Crisis a la orilla del Guayas, por Gabriela Ibarra


El río Guayas se muestra a la ciudad con una corriente fuerte. Sus aguas turbulentas reflejan ligeramente la luz del atardecer que se logra filtrar por las nubes. Es un día de invierno y el clima es engañoso. El sonido del tráfico se escucha suave en el ambiente, algo que es raro en las calles del centro de Guayaquil. De repente, un trueno suena con fuerza en medio de la aparente calma sonora. Una tormenta se acerca, pero no se sabe cuándo llegará.

 Cercano al río, en una habitación de hotel, la luz del atardecer se filtra por la pequeña ventana que da al interior. La habitación se encuentra casi en completo silencio. Una puerta se abre. Cecilia, una joven guayaquileña de 25 años, sale del baño cubierta por una toalla. Su cabello está mojado y profundas ojeras oscuras enmarcan sus ojos. Se escucha su respiración ligeramente irregular mientras camina descalza hacia la cama. Su mirada cae, embargada por una tristeza profunda.

 Encima de la cama, la maleta abierta con prendas de ropa colgando de manera desordenada refleja el estado en el que se encuentra su cabeza. A un lado, encima de un velador sencillo, hay dos fotos: en una, bastante desgastada, dos niñas pequeñas ríen divertidas junto a una mujer:la mamá de las niñas. En la otra foto, sale Cecilia abrazada a su madre (la misma mujer de la otra foto), ambas muy sonrientes. Esta última no es muy antigua, pero ya no hay rastro en su rostro de la felicidad que muestra la imagen. Saca un pequeño neceser de la maleta y lo lleva con ella mientras regresa al baño.

 Después de varios minutos, Cecilia sale del baño maquillada y portando un vestido negro sencillo. Su mirada luce apagada. Desde la puerta que da al pasillo del hotel, entra Dolores, también de 25 años, maquillada y vestida de la misma manera que Cecilia. Tiene una gran sonrisa en el rostro, que no va para nada acorde con la situación, y una llave en las manos. Con rapidez y sin hacer ruido, cierra la puerta, colocando el seguro, sin que Cecilia se dé cuenta.

 Dolores mira a Cecilia con alegría y se acuesta en la cama.

 -¿Cómo estás?, pregunta, aun sonriendo.

-Mal. Y tú no tienes nada por lo que estar tan contenta.

 Cecilia no puede creer su actitud. La rabia se está formando en lo profundo de su alma. Agarra su llave y cierra la maleta con fuerza, con la mandíbula apretada. Le da una última mirada resentida antes de dirigirse rápido hacia la puerta. Gira el pomo, pero no se abre. Cecilia frunce el ceño, extrañada. Mira alrededor, buscando algo. Entonces, voltea a ver a Dolores, quien sostiene en alto la llave mientras sonríe inocentemente. Es hora de que se desate el infierno.

 -¿Qué pretendes?

 Cecilia mira a Dolores fijamente. Al principio, parece no comprender lo que sucede, ni lo que Dolores lleva en sus manos, pero después de un breve instante, se acerca rápidamente a intentar quitarle la llave. Corren por la habitación. Dolores ríe como un infante en el campo de juego y Cecilia cada vez se frustra más. Después de un tiempo, se detienen. Entonces, viene el trato.

 -Espera. Te propongo algo, dice Dolores entre ligeros jadeos.

-¿Ahora qué quieres?, responde Cecilia con molestia.

-Si logras adivinar porqué no quiero darte la llave, entonces pensaré en la posibilidad de dártela.

-¿Cuál es la trampa?, cuestiona Cecilia con desconfianza.

-Ninguna, solo tienes que adivinar.

-¿Cuántos intentos?

-Los que quieras, contesta Dolores, casi con indiferencia, después de pensarlo por un momento.

 Cecilia la observa, muy enojada. No confía en ella, pero no tiene muchas opciones.

 -Bien, acepto.

 Sentadas una enfrente de la otra en el suelo de la habitación, se miran fijamente. Cecilia está enojada y su paciencia es poca. De vez en cuando, se clava las uñas en las palmas sin darse cuenta. Mientras, Dolores la mira sonriente. No hay rastro de malicia en su expresión, pero tampoco la hay de remordimiento.

 -¿Por qué?, pregunta con dureza.

-Eso lo tienes que adivinar tú.

-¿Por aburrimiento?

-No.

-No sé, susurra, frustrada, para sí misma. Entonces es el vestido, el maquillaje… Es por cómo me veo.

-¿Me estás hablando en serio?

-Así de ridícula puedes ser.

-No, no es eso. -responde Dolores, casi ofendida.

 Cecilia cruza los brazos, frustrada. Mira hacia la ventana y pierde la paciencia.

 -Ya es tarde. No tengo tiempo para esto.

 Antes de que Cecilia pueda siguiera intentar levantarse, Dolores habla.

 -No vamos a salir de aquí.

 Dolores ha perdido cualquier rastro de diversión del rostro. En cambio, por un ligero momento, cruza por su mirada un pequeño atisbo de miedo. Cecilia, por supuesto, no lo nota.

 Pero ahí está.

 -¿Hasta cuándo? ¿Te das cuenta de lo que haces? Necesito ir al funeral de mi madre y tú vienes con juegos absurdos. No tengo tiempo para jugar. Quiero ir y estar con ella, aunque sea para despedirme. No la volveré a ver. ¡Parece que no lo entiendes!

 Cecilia explota, pero Dolores no parece impresionada y responde con tranquilidad.

 -La que no entiende eres tú. La que no se da cuenta de nada eres tú.

-No se puede hablar contigo.

 Cecilia se levanta furiosa del suelo y camina hacia el baño. En el camino, agarra una almohada de la cama, que es lo primero que ve, y la arroja con todas sus fuerzas a Dolores. Ya es de noche, y otro trueno estalla en la calma de la ciudad. En la habitación, casi pareciera que la tormenta que se avecina responde a la desesperación de Cecilia.

 Se encierra en el baño con un portazo. La frustración la está empezando a ahogar. No sabe qué hacer.

 -¡Eres una imbécil!, grita con rabia a la puerta, golpeándola con todo el coraje que está acumulando, pero eso no sirve. Si tan solo pudiera descubrirlo… Si pudiera descifrar tan solo un poco de su caótica cabeza. Hay una razón por la que no la deja salir. Eso es obvio.

 -¡Necesito salir de aquí! Tan solo unas horas… ¡Maldita sea!

 Cuando ha dejado de golpear la puerta, se recuesta sobre ella y cae lentamente al suelo. Habla en voz baja, casi como si estuviera hablando para sí misma. Y, de cierta manera, lo está.

 - Justo hoy tenías que elegir aparecer. Llegaré y todos me preguntarán cómo estoy. Parecerán preocupados, pero mucho habrán estado hablando… Todo esto es una mierda.

 Afuera de la habitación no se escucha nada. Cecilia se queda también en silencio un momento, perdida en sus pensamientos. Se clava las uñas en las palmas, con fuerza, de manera inconsciente. De repente, la voz de Dolores sobresalta a Cecilia. La ve justo enfrente suyo, sentada encima del sanitario, con las piernas recogidas y los brazos alrededor de ellas.

 -Pensé que ya te habías resignado a llevarme contigo.

-Difícilmente.

-Aunque te encierres, no desapareceré. Estás atrapada.

-¿No te cansas?, pregunta Cecilia con fastidio, mirando hacia el techo.

-¿No te cansas tú, pregunta Dolores, esta vez con toda la malicia posible impregnada en sus palabras.

-¡Deja de hacer eso!, reclama, pero al mirar hacia donde estaba Dolores, se da cuenta que ha desaparecido. Idiota, susurra.

 Cecilia suelta aire, exasperada. Se para, abre la llave del lavamanos y se moja la cara sin importarle el maquillaje. Se mira al espejo y se nota a sí misma con el ceño fruncido. Al apoyar las palmas en el lavamanos, nota que las palmas le duelen y, cuando las observa, se da cuenta que están rojas. Otra vez se ha clavado las uñas por el estrés. Sin darle importancia, se masajea el ceño con los dedos y entonces una idea se forma en su mente.

 -Tú quieres salir, susurra. Si insistes tanto…

 Una pequeña sonrisa se quiere formar en sus labios, pero antes de que pueda, Cecilia siente por primera vez lo que ha estado intentando evitar desde hace días: el miedo. No es algo muy intenso, pero está lo suficientemente presente para que Cecilia no pueda ignorarlo. Y sabe con certeza que Dolores la ha escuchado.

 -Voy a salir, asegura en voz baja.

 Sin embargo, esta vez, Cecilia ya no sabe si eso es realmente algo bueno.

 La puerta del baño se abre y Cecilia sale. Lentamente, camina hacia la ventana sin mirar a Dolores ni por un solo instante. Mantiene la vista fija en el cielo nocturno, iluminado solo por las farolas de las calles contiguas al hotel. La luna está oculta tras las nubes de tormenta. Caen las primeras gotas de agua. Dolores, que mira con una intensa seriedad a Cecilia, se mantiene callada. Cecilia apoya las manos sobre el marco de la ventana mientras contempla la oscura noche. Su mirada baja sutilmente hacia el suelo y la presión de sus manos en el marco aumenta.

 -Si sigues mirando al suelo, el entierro al que asistirás no será el de tu madre, advierte Dolores, mirando en la dirección contraria de donde se encuentra Cecilia. Eso no es lo que quiero.

-Entonces no sabes qué es lo que quieres.

 Dolores se molesta.

 -¿Yo no sé qué es lo que quiero? ¿Y tú sí?

-Déjame en paz, Dolores.

-Sabes que no me puedo ir. No hasta que enfrentes las cosas y ambas sabemos que eso no va a suceder.

-¿Y qué pasaría si lo hago?, responde Cecilia en voz baja, sin poder mirar a Dolores.

-No serías capaz… Tú… ¡No!

 Dolores se acerca a la cama, histérica y empieza a arrojar el contenido de la maleta sin mirar a dónde. Cuando coge la foto de Cecilia y su madre, Cecilia se abalanza hacia Dolores.

 -¡Ya basta!

 Suena otro trueno y el cielo es iluminado por un rayo. Cecilia intenta detenerla, pero Dolores es dominada por la cólera y el miedo.

 -¡No te atrevas a irte!

-¿Y qué si me voy? ¿Qué vas a hacer?, explota también Cecilia.

-¡Nada! ¡Porque tú no vas hacer nada!

-¡Ya basta!

-¡Basta tú, Cecilia! ¡No eres lo suficientemente fuerte para salir!

 Dolores se queda callada por un momento, intentando calmarse. A medida que su respiración se tranquiliza, las lágrimas empiezan a surcar sus mejillas. La foto ha quedado en el suelo, con el marco roto. Afuera, la lluvia se intensifica.

 -Estamos solas y tú sigues sin querer afrontarlo, dice Dolores, en voz baja.

-¡Me tienes harta!

 Cecilia camina rápido hacia la puerta que da al pasillo y empieza a golpearla con fuerza mientras grita.

 -¡Abran la maldita puerta! ¿Alguien me escucha? Estoy encerrada aquí. ¡Abran la maldita puerta!

 Dolores se sienta sobre la cama y sostiene fuertemente la llave contra su estómago. Mira a Cecilia con el ceño fruncido y más lágrimas caen.

 -No podemos irnos, repite Dolores.

 La voz de Dolores no es un susurro, pero tampoco es muy alta. Cecilia la escucha y solo la mira, sin responder, cansada de la misma frase. Pero esta vez Cecilia puede ver claramente el miedo de Dolores en su mirada, brillante por las lágrimas que no paran de salir. Cecilia, como si fuera un reflejo, siente sus ojos empezar a llenarse de lágrimas.

 -¿Qué vas a hacer después?, cuestiona Dolores nuevamente.

 Ahora, las palabras de Dolores guardan una muda súplica. Se ha acabado el juego.

 -No lo sé.

- No sabemos lo que va a pasar sin ella… El tratamiento recién estaba empezando.

 Las lágrimas empiezan a rodar con fuerza por los ojos de Cecilia, llena de dolor. Dolores voltea hacia la ventana y se abraza a sí misma con fuerza. Sus ojos se pierden en la tormenta, que cada vez es más fuerte.

 Cecilia no responde. Su corazón empieza a palpitar con fuerza. Dolores cierra los ojos como si estuviera tomando fuerzas para lo que viene. Después de un suspiro, habla, pero ya no parece haber nada más que resignación en ella.

 -Ahora que no está, si te arriesgaras a salir… Te vas a sentir muy sola.

 Cecilia solloza con fuerza. Dolores solo se mantiene observando hacia afuera, donde otro rayo ha iluminado el cielo y un trueno suena tan fuerte que asustaría a la misma Cecilia, de no estar ella tan alterada por la realidad a la que le tocará enfrentarse. Cecilia se recuesta en el suelo, sin ser capaz de sostenerse a sí misma. Se ha quedado sin nada qué decir y todo el miedo y el dolor que no había dejado salir por días la embargan con una fuerza que la hace sentir desfallecer. Se encoge sobre sí misma, como si así pudiera protegerse del dolor.

 Dolores se recuesta sobre el colchón, mientras escucha los sollozos desperados de Cecilia con la mirada perdida. No parece triste, pero definitivamente no está contenta.

 Minutos después, Cecilia ya no solloza. Afuera, la lluvia sigue, pero la tormenta parece haberse calmado un poco. Dolores se incorpora ligeramente, lo suficiente para que Cecilia pueda verla.

 -Deja de atarte.

 Cecilia la mira con rencor, pero Dolores se recuesta nuevamente. Cecilia aprieta los ojos con fuerza, como si así pudiera eliminar el miedo y el dolor, y, cuando los abre nuevamente, observa que, por fin, Dolores ha desaparecido.

 -¿Dolores?

 Su voz tiembla. Nadie responde. Se incorpora y ve la habitación vacía. Cerca de ella, en el piso, está la foto con el marco roto. Lo toma, pero no se detiene. Se acerca a la cama y observa la llave en el centro de la desordenada cama.

 -Deja de atarte, repite en voz baja.

 Cecilia suspira con fuerza: es un suspiro cargado de cansancio, pena y, muy en el fondo, cierto alivio. Alivio porque, en alguna parte de su ser, Cecilia siente que podría llegar a ser libre, por primera vez.

 Cecilia toma la llave y deja la foto encima de la maleta. Recoge el neceser del suelo y se va al baño con él. La puerta se cierra y la habitación queda en silencio. Dentro del baño se escucha el agua de la ducha correr, en contraste con la tormenta, ahora menos intensa, que inunda la ciudad fuera de esa pequeña habitación de hotel.

 Días después, Cecilia camina junto a su hermana, Alba, por el malecón. Pasean manteniendo cierta distancia una de la otra, queriendo acercarse, pero sin saber cómo hacerlo. Es un día un poco soleado, aunque gotas caen de vez en cuando anunciando que pronto lloverá. El río, a su lado, se muestra tranquilo a la ciudad.

 -Te he extrañado, dice Alba.

-Lo siento…

-No, no es solo culpa tuya. Nunca he sabido cómo acercarme.

-Empecé terapia poco antes de que mamá muriera.

 Ambas se detienen. Alba mira con sorpresa a Cecilia y, sin pensarlo, la abraza. Y así de sencillo, parte de la barrera entre ambas se rompe con firmeza.

 -¡Oh, Ceci! No lo sabía…

-Voy a necesitar apoyo, murmura Cecilia, ligeramente apenada.

-Y me tienes a mí. Pero…

-Lo sé, no puede ser como con mamá.

 Cecilia responde con una ligera sonrisa. Alba sonríe y, aun abrazando a Cecilia, caminan más relajadas. Cecilia mira al río y, en sus ojos, aún está presente el miedo, pero, sobre todo, hay emoción. Emoción ante la vida.

 

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