Una mañana lluviosa. Unos pocos autos
recorren las calles de la Avenida Víctor Emilio Estrada. A lado de un
restaurante de comida rápida, en el segundo piso de un edificio, hay una ventana
abierta por donde entra la lluvia.
Dentro de este departamento, suena una
alarma. Un celular se ilumina y muestra la hora del día: 9AM. También aparecen
notificaciones de Twitter. Indican una subida de casos de Covid-19 en Ecuador.
Carlos, un estudiante manaba de 28 años, de apariencia descuidada, apaga la
alarma y se incorpora de la cama. Bosteza y se retoca su cabello castaño. Al
levantarse, va a su armario, aún muy adormilado, toma la primera camiseta que
encuentra y se la pone. Luego abre un cajón del estante cercano y se coloca una
pantaloneta gigante y vieja. Camina a su escritorio al otro lado del cuarto y
prende su computadora. Abre un programa para conectarse a la reunión de trabajo
que tiene. Pero, al entrar a la videollamada, se da cuenta que la reunión ha
culminado. Solo está Pablo, su jefe, que lo reprende.
-
Otra vez, Carlos, te has perdido una reunión. ¿Te quedaste dormido?
-
No, que va, jefe. Es que mi madre enfermó y…
-
Siempre tienes una excusa. ¡Eres un
irresponsable?
-
Oiga, a mí no me grite.
-
¡Cómo! ¡Tú no me hablas así, niñato!
Mejor es que te busque otro empleo, le contesta Pablo y cierra la video
llamada.
Carlos, sin dale importancia a lo
sucedido, va a la cocina por una cerveza mañanera. Mientras la toma, recibe un mensaje
de su padre preocupado por él, pero Carlos ignora el mensaje con desdén.
Entonces suela el teléfono de la sala.
Carlos se acerca a contestar. La voz al otro lado de la llamada es Juan, el
chulquero al que le ha pedido el dinero para el pago atrasado de 6 meses
de la renta del departamento.
-
Mañana es el día tope del pago, le dice Juan. Dame el dinero o terminas en
el río Guayas.
- Juan, necesito una prórroga. Por favor. Con
confinamiento no es fácil conseguir el dinero. Tengo la mitad. La otra en una
semana.
- Mañana todo. Te tengo vigilando, le
contesta Juan y cuelga la llamada.
Carlos se queda pasmado sin saber qué
hacer. Recuerda la última discusión con su padre, Jorge. Ambos están gritando. Carlos
le lanza las tarjetas de crédito que le había dado cuando cumplió 18 años y se
va de casa. Desde entonces, poco o nada de contacto ha tenido con su
padre.
Un sonido fuerte saca a Carlos de su
ensoñación. Alguien ha tocado la puerta. Al abrir no hay más que un paquete con
unas cadenas dentro y una nota encima que dice: “Ten cuidado. Estoy cerca”.
Carlos cierra la puerta de un golpe y cae al suelo muy agitado y muerto de
miedo.
Decide alejarse del mundo exterior. Cierra
ventanas y puertas con candado. Mira la comida que tiene para no tener que
salir. Desconecta su teléfono y se refugia en un rincón de la casa con una ataque
de ansiedad.
Recuerda entonces cómo se metió en este
aprieto. Uno de sus mejores amigos de la universidad, Andrés, conocía la
situación en la que estaba Carlos. Lo que ganaba en su trabajo no le alcanzaba
para vivir, por lo que le recomendó tomar la ayuda de Jorge, un chulquero que
vivía en el sur de Guayaquil. El aceptó el dinero de Jorge y ahora su vida está
en peligro. Con este pensamiento, se queda dormido.
Suena una alarma. Un celular se
ilumina y muestra la hora del día: 9AM. También aparecen notificaciones de Twitter.
Indican una nueva subida de casos de Covid-19 en Ecuador. Carlos se despierta,
agarra un cinturón que está cerca de él y se levanta del suelo. Pasa el
cinturón por su cuello y se cuelga del tubo superior del armario. Coge su
celular para escribirle un último mensaje a su padre, pero se arrepiente y
lanza el teléfono.
Carlos levanta los pies para terminar con
su vida, mientras suena un mensaje en su celular. El tubo del armario no
aguanta el peso de Carlos y se cae con él, fallando su intento de suicidio.
En la pantalla de su celular, junto a él,
se lee un mensaje de Andrés, avisándole de la que Jorge ha cogido el Covid-19 y
está muy grave en el hospital.
-
¿Cuánto de grave?, escribe Carlos contestando su mensaje.
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