La joya escondida, por Bruno López

 Va cayendo la tarde en un día tranquilo y caluroso en el sector de la Bahía de la ciudad de Guayaquil. En una esquina con varios locales de comida y ropa de baja gama, se encuentra  una joyería con sus vitrinas llenas de alhajas y un gran cartel con su nombre en la parte de arriba: “Joyería Brillante”. Los anillos, los collares, los relojes, los broches… exhibidos en el escaparate están iluminados por el halo amarillo de los focos de luz y resaltan en medio de una oscuridad que se hace presente poco a poco.

Dentro, y como siempre al final del día, Carlos cierra las cuentas de las joyas vendidas por medio de un celular. Carlos es el joven encargado del lugar. Tímido y de espíritu calmo, es lo suficientemente alto como para amedrentar a los ladrones. Luego ordena los collares y los relojes, los guarda cuidadosamente en los mostradores interiores y los cierra con llave.

De repente, un ruido en medio de la calle rompe su rutina. Es una pelea o discusión, algo común en el centro de la cuidad, por lo que la ignora y se agacha detrás del mostrador para guardar algunas bandejas de anillos. Entonces suena la alarma de la entrada. Carlos se levanta para ver al potencial cliente, pero no hay nadie. Sale del mostrador para revisar si es que entró algún animal callejero. No hay nada. Al regresar, observa un camino de sangre que se extiende hacia dentro de la tienda. Sigue el rastro y descubre a un hombre de mediana edad y ropa elegante encogido en el suelo. Tiene una herida en la pierna y le sangra. Está nervioso y de su cuello cuelga una cruz con un gran diamante en el centro.

-          -  Por favor, escóndeme, dice agitado.

-          -  ¿Quién eres?, le pregunta Carlos.

-          - Me llamo Baltazar, le contesta mientras mira su herida. No puedo estar afuera ahora. Por favor.

Ding dong. El timbre suena. Carlos le pide a Baltazar que se esconda en la parte de adentro, en uno de los mostradores interiores de abajo. Baltazar se arrastra con dificultad. Carlos va hacia la entrada. Un hombre de unos 35 años con una chaqueta azul, preocupado, se le acerca.

-          -  Buenas tardes, disculpa. Soy Fernando. Estoy buscando a mi tío que se cayó y se golpeó. Ya es un poco mayor. A veces se confunde y se pierde. ¿Lo has visto?

Carlos, a punto de decirle que está dentro, observa de reojo un arma escondida en la chaqueta de Fernando.

-         -  Lo siento, no lo he visto, dice Carlos.     

-         -  ¿De veras? Me ha parecido verlo entrar.

Un ruido viene de adentro. Ambos se alertan.  Carlos le pide a Fernando que, por favor, se vaya. Ya es hora de cerrar. Pero Fernando lo empuja y entra al local, junto con dos hombres más.

-       -   ¿Dónde está?, pregunta enfadado. Sabemos que está aquí.

-      -    Le digo que no hay nadie, responde Carlos con un poco de recelo y miedo.

-        -  Mire, señor, dice Fernando, soy policía. Estos son mis compañeros. Estamos buscando a un hombre de mediana edad, con un saco gris un poco sucio. Tenemos la fuerte sospecha de que se esconde aquí. Le sugiero que colabore. Ustedes mírenlo todo.

Los dos hombres examinan cada rincón sin resultados: debajo de las mesas, detrás del mostrador, en los armarios. Vuelcan los muebles. Carlos, viendo todo el desastre que hacen, le dice a Fernando que, por favor, le enseñe su placa.

-        -  No obstruya la investigación. Necesito entrar a la parte interior de la joyería, dice Fernando.

Carlos insiste en que le muestre la placa y discuten hasta forcejear. Entonces los otros dos acompañantes sacan sus armas y apuntan a Carlos sin titubear. Fernando empuja a Carlos dentro del cuarto interior y le ordenan que prenda todas las luces. Revisan cada uno de los compartimentos mientras uno de los hombres apunta a Carlos con una pistola para evitar que se mueva. El pobre encargado del local se pregunta dónde se habría escondido Baltazar.

Fernando se acerca a los mostradores de abajo y ve por unas rendijas un destello de lo que parece un diamante. Les dice a los hombres que apunten a lo que brilla. Justo cuando están por disparar, Carlos se abalanza sobre ellos para evitar el tiro y recibe un disparo, desplomándose en el suelo.

-        -  ¡Así que lo estabas protegiendo!, dice Fernando mientras abre las puertas de madera.

Pero no hay nadie, salvo unos relojes y collares con diamantes y brillantes.

-        -  ¡Mierdaaaaaa!, grita mientras toma unos relojes y salen todos del lugar.

Luego de unos instantes, una puerta de los mostradores se abre. Es Baltazar sano y salvo. Se ha puesto una venda en su herida de la pierna. Besa la cruz con diamantes que cuelga de su pecho y, al ver a Carlos herido, va rápidamente a auxiliarlo. Intenta parar el sangrado.

-         - Es una herida fea. No debiste hacer eso. ¡Ni siquiera me conoces!

-        -  Es lo correcto.

-         -  ¿Lo correcto? ¿Qué quieres? ¿Ganarte la medalla al empleado? Oye, llamo una ambulancia y me voy. La policía y yo no nos llevamos bien. Si te pregunta que ha pasado, diles que ha sido un atraco. A mí no me menciones.

Carlos asiente y, lentamente, cierra los ojos, como quien duerme plácidamente luego de un largo día de trabajo. Fernando se quita la cruz con diamantes y se la cuelga a Carlos.

 

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