Lazos y cadenas, por Juan Vergara

Son las 16h00 de un día nublado y caluroso en el centro de Guayaquil. Los autos y buses pasan por las calles y los altos edificios cubren gran parte del gris horizonte. Detrás de las torres, se hacen notar las coloridas casas del barrio Las Peñas. En el emblemático barrio, a un lado del río Guayas, se levantan los lujosos edificios de apartamentos del Puerto Santa Ana.

 Fuera de uno de estos departamentos se encuentra Milena, una joven de 17 años. Su mirada no conecta con nada. Inmóvil, con una mano temblorosa sobre la perilla de la puerta, espera parada en la entrada del departamento de su padre. El intenso sol de Guayaquil la acalora y, a pesar de esto, Milena cubre su cuerpo con un jean y un largo suéter. Su apariencia es frágil, pero su espíritu ha aguantado demasiado. Antes de entrar al departamento, Milena se pregunta cuánto más tendrá que aguantar.

 Una vez adentro, las señales de peligro son claras. Milena sabe reconocerlas. Aunque esta vez cualquiera podría verlas: las latas vacías de cerveza sobre el sofá, sobre el televisor, sobre todos lados menos la mesa; los vidrios rotos, los vasos, los platos; el espejo descentrado también. Decoraciones particulares que adornan lo que ella se rehúsa a llamar “hogar”. La puerta sigue abierta y Milena considera por un momento volver a salir, quizás incluso huir para siempre. Su mente flota de una idea a otra, pero los gritos de sus padres le hielan la sangre y la jalan con fuerza de vuelta a tierra. Milena cierra la puerta con cuidado, en silencio, para no anunciar su llegada. Se quita los zapatos y lentamente camina hasta su habitación, su pequeño refugio.

 La habitación de Milena está casi a oscuras, iluminada apenas por los últimos rayos de sol que atraviesan los espacios entre las cortinas. Milena está acostada en su cama. Su mirada divaga mientras escucha música en su celular. Los gritos no han parado. Se mezclan con la música incluso a través de los audífonos. Algunas veces, Milena no sabe con certeza si son de verdad o si ha empezado a imaginarlos. Estos pensamientos son interrumpidos por un fuerte portazo en el otro extremo del departamento. Milena sabe lo que eso significa. Pasa cada semana: su madre acaba de irse, son sólo ella y su padre ahora. Un profundo silencio inunda la casa. Milena se levanta rápidamente de la cama, pone seguro a la puerta de su habitación y pega la cabeza a la madera, intentando escuchar algo. Del otro lado, su padre le da un fuerte golpe a la puerta, lo que hace que Milena retroceda de un salto. Luego da otro golpe y otro más. Milena se queda paralizada en el medio de su habitación, observando fijamente a la perilla y escuchando los golpes en la puerta, hasta que se detienen. Con una voz tranquila, casi gentil, su padre dice: “Milena, por favor abre la puerta”. Pero ella no se mueve, no responde, apenas respira. Un golpe más fuerte la saca de ese trance y, finalmente, su padre regresa a su cuarto y cierra la puerta.

 A la mañana siguiente, Milena es la primera en despertar. El sol aún no sale y sólo la fría luz de un foco ilumina la cocina. Milena desayuna sola, rápido, pero en silencio, para salir de la casa antes de que su padre despierte. Los brazos de Milena tienen marcas rojas. Algunas son finas líneas horizontales, otras tienen formas de manos. Fueron causadas por su padre en algún momento de la noche anterior. La mirada perdida de Milena explora diferentes partes de la cocina mientras que su mente explora los diferentes pensamientos que la invaden. La palabra “huir” se hace presente varias veces, pero el sonido de su cuchara cayendo sobre el lavabo despeja su mente. Hoy no. Hoy sólo visitará a su madre. Milena lava sus platos y sale de la casa.

 Cuando Milena llega a casa de su madre, el sol ya está brillando. Casi no hay autos en la calle y una agradable brisa corre mientras Milena espera afuera de una vieja casa. Cuando su mamá abre la puerta, la recibe con ansias y calidez, algo a lo que Milena siempre le cuesta acostumbrarse cuando se encuentran. Antes de entrar a la casa, Milena nota que el patio frontal de la casa está sucio y descuidado. Por un pasillo puede ver que el patio trasero está completamente ocupado por cajas viejas y otras pertenencias que no entran en otro lugar. A Milena no le molesta nada de esto. Ella se siente tranquila con su mamá. Luego de revisar rápidamente que las mangas de su suéter no se levanten, Milena sigue a su mamá y cierra la puerta detrás de ella.

 Pasan las horas. Milena está sentada en la parte trasera de un taxi, junto a su mamá. Han llegado de vuelta a Puerto Santa Ana. Milena no quiere regresar al departamento de su padre y su mamá lo sabe, pero también entiende que, al menos por ahora, no puede hacer nada al respecto. Lo que no sabe es la magnitud de los abusos que sufre Milena por parte de su padre. Cuando Milena se acerca para abrazar a su mamá, ella la detiene por un momento y de su cartera saca un pequeño y decorado estuche, se lo entrega a su hija y le pide que lo abra. Adentro, Milena encuentra un elegante lazo, uno que su mamá siempre usó y que ha pasado por algunas generaciones de su lado de la familia. Encantada, Milena la abraza con fuerza, pero antes de soltarla, siente un impulso a contarle lo que sufre a diario. Lo resiste, no quiere poner ese peso sobre los hombros de su madre, pero sí decide invitarla a la cena familiar que harán por su cumpleaños al día siguiente. Ambas saben lo delicada que sería esa situación, pero de todos modos acepta. Dicho esto, se despiden. Milena sale del taxi y camina de vuelta al departamento de su padre.

 Llega el día de su cumpleaños número 18. La mañana pasó sin mayor percance, más allá de un inesperado mensaje que leía “Feliz día, cumpleañera” de parte de su padre. A unas horas de que lleguen los invitados, Milena está sentada, arreglándose frente al espejo en su cuarto. Lo que siente hoy no es paz, pero en algo se parece. En este momento de silencio, Milena contempla el lazo que le regaló su mamá y una cálida tristeza ocupa su pecho. Pasa su mano por la piel de su brazo, las heridas ya no se notan tanto, pero el dolor lo siente de todos modos y empieza a llorar. Su llanto es silencioso de tan sincero. Sus gritos ahogados la dejan sin aire. Su dolor, oculto por tanto tiempo, se muestra por fin.

 Al padre de Milena, silenciosamente parado en el marco de la puerta, no le gusta esto. No le gusta ver el dolor de su hija, la niña de la que abusa. Con una simple, pero firme pregunta, interrumpe el llanto de Milena, quien salta del susto al notar su presencia: “¿Por qué lloras?”. Milena se queda en blanco. Nunca puede reaccionar cuando su padre se pone esa falsa piel, la piel de un padre normal, que se acerca de forma natural y tranquila hacia su hija como si la quisiera, como si no la golpeara casi a diario. El miedo la invade. Se nota en sus ojos, en su respiración acelerada y en sus manos temblorosas. En este trance, Milena no logra ocultar el lazo de su mamá antes de que su padre lo vea, antes de que lo tenga en su mano, observándolo detenidamente. Sin perder la cordura, sin perder la piel, él sólo pregunta: “¿Te has estado viendo con tu madre?”. Milena no puede negarlo. Sabe que la verdad es obvia. Acorralada y en alerta, la tristeza y el miedo se convierten en ira, furia, odio. Milena le quita el lazo a su padre y confirma sus sospechas: “Sí, la fui a ver ayer. Pasé toda la tarde con ella. Quisiera quedarme siempre con ella, con quién sea, pero no contigo. Nunca más contigo. Sé que nunca dejarás que pase, por eso la invité a la cena de hoy. Al menos déjame tener eso”.

 Esto lo transforma. Su piel falsa se pudre y se deshace al ser desafiado. Muestra al verdadero y miserable ser que oculta tal y como es: violento, abusivo, con necesidad de dominar a alguien, así sea su hija. Su primera reacción es darle una bofetada, pero esto no la calla. “Ya no me tienes más”, es lo último que puede decir Milena antes de que su padre ponga sus manos en su cuello. Forcejean por unos segundos y su padre la echa al suelo. Su cara es un desastre, reflejo del retorcido ser que lleva dentro. Sin decir nada más, sale de la habitación y cierra la puerta con fuerza. Milena, sentada en el piso, llora. Llora, pero no grita. A estas alturas sabe que de nada le sirve.

 La tarde pasa y Milena apenas se encuentra. Ya son las 20h00. Está sentada junto a su familia. Todos conversan y ella apenas está ahí. Recuerda levantarse del piso de su habitación; recuerda salir de la ducha, pero no entrar; y recuerda ponerse el lazo de su madre alrededor del cuello para cubrir las marcas que le dejó su padre. No recuerda nada más. El resto ocurrió cuando ella no estaba. No estaba cuando su mamá llegó a la casa, sin aviso. Seguramente la insultaron, si no fue en voz alta, definitivamente fue en silencio.

 Milena observa fijamente su comida. Oculta sus brazos bajo el mantel temiendo que alguien note sus heridas. El lazo cubre su cuello y su largo cabello queda suelto para ocultar los golpes en su cara. A pesar de todo, Milena no puede ocultar el sufrimiento. Mientras todos comen, ella se levanta de su silla, golpea su copa con una cuchara y luego la deja caer, quebrándose en el piso y llamando la atención de los invitados. No es un pedido, es una orden. Escucharán, sabrán, a la fuerza. El miedo la vuelve a invadir, pero la furia es más fuerte. Sin decir una palabra, desata el lazo y descubre su cuello: las manos de su padre siguen ahí, rojas sobre la clara piel de Milena. Por un momento, siente como si de nuevo la estuviera ahorcando. En el mismo silencio, se recoge el cabello y muestra los moretones, la piel herida, casi abierta, y antes de que alguien pueda reaccionar, señala, con una mano temblorosa, a su padre, sentado en la punta de la mesa.

 Su mamá es la primera en reaccionar y corre al lado de su hija. La abraza con fuerza. Ambas rompen en llanto. A sus alrededores, los murmullos se convierten en gritos e insultos. Ni a Milena ni a su mamá saben con certeza a quién van dirigidos, tampoco les importa.

 Milena se pierde en sí misma una vez más y, cuando se encuentra, está sentada sobre la cama de su mamá. No recuerda la salida del departamento de su padre ni al resto de su familia ni el camino en taxi. Pero ahora está ahí. Un golpe en la puerta la pone en alerta: trae imágenes, sonidos, incluso sensaciones, de vuelta. Pero rápidamente se desvanecen al escuchar la voz de su mamá. Desde este momento, sólo ellas existen, sólo ellas se tienen.

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